
Autor: Tomás Melendo Granados CATHOLIC.NET
Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos… aunque en los momentos actuales a veces dé la impresión de que pretenden ignorarlo.
Esta especie de resistencia resulta más que comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada fácil. Está llena de contrastes en apariencia irreconciliables:
- a lo largo de toda su existencia, los padres han de acoger a cada hijo —único e irrepetible, en virtud de su condición personal— tal como es, aun cuando en ocasiones no responda a sus expectativas… o incluso «les caiga mal»;
- han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente;
- respetar la libertad de los chicos y hacerla crecer, pero a la vez guiarles y corregirles;
- ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formativo y la satisfacción que el realizarlas lleva consigo, y que robustece su autoconocimiento y su autoestima…
De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a serlo… y desde muy pronto.
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alto riesgo: no ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, en la arquitectura, en la ingeniería, en la informática, en el derecho, en la carrera militar, la política, la administración o en el seno de una empresa… Seguir leyendo el artículo »